…es la forma que adquiere eso que de otra manera sólo sería aire movido en el cerebro y una vidriosa mirada de tristeza.

martes, junio 16, 2009

23 años sin Borges

Siendo poeta y ciego, resulta mucho mas sencillo llegar a ser Homero. Si además es argentino ese camino no puede ser muy largo. No hay que navegar mares azarosos, ni recorrer senderos calcáreos bajo un sol azul de la Argólida entre cabras puntiagudas. Cualquiera que se llame Borges encontrará a Homero en cualquier esquina del barrio de Palermo de Buenos Aires, tomando el té en una confitería. Pero no está claro que Borges fuera realmente ciego. Aunque su abuela paterna murió ciega, su bisabuelo murió ciego y su padre también acabó ciego, puede que la ceguera del escritor fuera sólo la más famosa de sus metáforas. En todo caso Borges ha confesado que su color preferido era el amarillo ámbar, el único que venía en un horizonte imaginario, el mismo que resplandece en la arena infinita del desierto.
En un cruce de caminos Borges un día invocó el azar, echó los dados de ámbar sobre la arena y uno de esos dados le ofreció su séptima cara. En ella había imágenes superpuestas de laberintos, espejos, tigres y cuchillos, todas ineludibles y un cúmulo de metáforas, el tiempo como río, la vida como ficción, la muerte como sueño y él mismo como "el otro": con esa materia el destino le obligó a ser Borges, un escritor condenado a escribir fábulas sin moraleja. Dijo Blake que nada existe si no ha sido imaginado.
Sus primeros recuerdos eran imágenes de un sable que sirvió en el desierto, de un aljibe, de la casa vieja, del silbido de un trasnochador en la vereda. Fue un niño enfermizo vestido de niña al que su madre nunca dejó salir de su placenta. Desde que su padre llevó al adolescente Borges a un prostíbulo de Ginebra para que ejerciera de hombre por primera vez, él vivió a partir de entonces el amor como un ente hipotético siempre frustrado. "Yo que he sido todos los hombres no he sido aquel en cuyo abrazo desfallecía Matilde Urbach". Si bien esta mujer fue la heroína de una novela barata, su nombre implica el de todas las mujeres que Borges enamoradizo no pudo conseguir o poseyó a medias. Descubrió una vez con cierta tristeza que se había pasado la vida pensando en una u otra mujer y todas le llevaron a cometer el mayor de los pecados, el no haber sido feliz. Por lo demás Borges navegó todos los mares, cruzó todos los desiertos, recorrió todas las ciudades, varado en un sofá del vestíbulo de infinitos hoteles con las manos apoyadas en el bastón, las córneas acuosas dirigidas a un punto indeterminado de la pared de enfrente donde estaban concentrados todos los mapas.
En la plenitud de su creación Jorge Luis Borges había tallado poemas en madera de ébano, había escrito libros de arena, historias de infamia, fábulas que se habían podrido junto con los papiros que las soportaban, se había perdido en la bruma de las sagas noruegas, había jugado a la lotería de Babilonia donde el premio siempre era una puñalada de un compadre o había bajado al sótano de la Biblioteca de Alejandría a compartir enigmas con el guardián. En ese tiempo sólo lo leían casi en secreto algunos iniciados. La fama alcanzó al escritor en el umbral de la vejez y sólo fue debida a las maldades y paradojas envenenadas que salían de su boca en las aciagas entrevistas con los periodistas de la sección de cultura. En un juego de niño terrible en ellas proclamaba siempre lo inesperado, lo que más podría sorprender, irritar o admirar a cualquier neófito. Para enfadar a los académicos españoles decía que el castellano era una lengua muy fea y que prefería el inglés. Para sacar de quicio a los progresistas afirmaba que Franco había sido muy positivo para España. Admiraba más a Alonso Quijano que al Quijote y a éste menos que a Cervantes. Ensalzaba al escritor mediocre Cansinos Assens para vengarse de todos los poetas de la Generación del 27 y así sucesivamente hasta crearse un personaje odioso y al mismo tiempo admirado. La desgracia de sus lectores, cuando su nombre fue revelado en los años sesenta del siglo pasado, consistía en que odiar a Borges y amarlo era una misma obligación.
A veces se disfrazaba de reaccionario, pero sólo era un conservador, un liberal moderado cuyo odio a Perón, que le había condenado a ser inspector de pollos en vez de bibliotecario, lo llevó a aplaudir la llegada de los militares argentinos. Creía que la democracia era una simple estadística, aunque presumía de haber condenado en su tiempo a Mussolini y a Hitler, cuando otros callaban, para acabar aceptando una medalla de Pinochet, un acto que le costó el Nobel. Empieza uno diciendo una maldad para epatar y acaba despeñándose en la barranca. A partir de un momento Borges se convirtió en el escritor al que no le daban el Nobel.
Tal vez creía en Dios, tal vez no, porque para Borges la teología era una obra maestra de ciencia-ficción. Por lo demás, si bien presumía de haber tomado mescalina y cocaína en su juventud, su droga más pertinaz fueron los caramelos de menta y su plato preferido la merluza hervida. Cuando murió la madre comenzó a viajar, ya ciego, sólo para oler los países. Olfateó el Machu Picchu, conoció Japón con la mente, se dejó explicar las calles de París, de Tejas, de Nueva York, y Borges sólo les ofrecía sus pasos, los golpes de su bastón y en los hoteles se dejaba llevar del codo hasta el lavabo para dar de sí antes de volver al sofá del vestíbulo a ejercer de vidente en las sombras amarillas ante admiradores y reporteros. En todos los países y ciudades siempre había una mujer para hacer de pantalla entre él y los objetos. Hubiera preferido consagrarse al goce de la metafísica o de la lingüística, pero al final lo daba todo por un susurro femenino en el oído que le fiaba una incierta promesa, lo suficiente para alimentar su imaginación.
Borges vivía aventuras de galán a través una figura interpuesta en la persona de Bioy Casares, un devorador de mujeres, el rey del bataclán. Con su amigo departió durante treinta años la cena todas las noches con chismorreos culturales de alta y baja ley, los dos empollados por la gran clueca Victoria Ocampo, ama y señora de la revista Sur, donde abrevaron los intelectuales de moda de Europa traídos por ella a Argentina a buen precio.
A los 80 años estaba aburrido de ser Borges y deseaba conocer la sombra del misterio mayor de los hombres. Pero en el último momento levantaba una leve protesta. ¿Por qué voy a morirme si nunca lo he hecho antes? Era como si le dijeran que iba a ser buzo o domador. Al final creía que la muerte no le era permitida. No estaba seguro de que Dios necesitara su inmortalidad para sus fines. Pero Jorge Luis Borges murió. Lo hizo a sabiendas el 14 de junio de 1986 y está enterrado en el cementerio de notables de Plainpalais, en Ginebra, la ciudad donde había alcanzado por primera vez el placer sexual con una mujer en un prostíbulo. La última metáfora. Tenía miedo a seguir siendo Borges. Qué importa la muerte si eso le ha sucedido a un individuo llamado Borges, que vivió en Buenos Aires en el siglo XX, hace ya tanto tiempo. Qué importa si fue desdichado o feliz si ya ha sido olvidado. Todos corremos hacia el anonimato, sólo que los mediocres llegan a la meta un poco antes, decía.

martes, junio 09, 2009

¿Es la locura el triunfo de la emoción sobre la razón?

“Los mecanismos psicológicos de los que surge la creación artística tienen tal naturaleza que, o bien deberían incluirse en el terreno de la patología, y considerar a todos los artistas como psicópatas, o bien habría que extender los límites de la normalidad para que abarquen la locura”
Todo empezó con una curiosa sensación. Me preguntaba en relación al arte y la salud mental. Me parecía que había algo pero no lograba darme cuenta de qué era. A partir de material clínico leído, se sostenía la tesis de la estrecha relación entre “enfermedad maníaco depresiva y creatividad artística”. Para ello se citan una cantidad de estudios empíricos sobre el tema que relacionaba “temperamento artístico” y “temperamento maníaco depresivo”. Lo terminaba con la pregunta crítica acerca del cual era el límite entre el “temperamento artístico” y una enfermedad. Tener una visión histórica de los fenómenos siempre permite que algo nuevo aparezca. Recordé los debates sobre arte y salud mental del siglo pasado. Entonces, los artistas eran considerados psicóticos, o locos a secas. En otras ocasiones se trató de encontrar la ligazón entre perversión y arte. Pero esta larga historia quedaba olvidada, como si en relación al arte y la locura hubiera empezado con los bipolares y terminara con un tratamiento medicamentoso. Para eso se tendrían que confirmar dos hipótesis improbables: que los artistas actuales hayan migrado hacia este cuadro psicopatológico; o bien, que la larga serie de estudios citados nos lleven a la idea de que la mayor parte del siglo XX haya estado equivocado. Y que no había relaciones entre arte y otras patologías. Para ello debiéramos demostrar que Antonin Artaud, Jackson Pollock, James Joyce y tantos otros fueron bipolares. Recordar algo de la larga historia acerca de las relaciones entre el arte, la creación, la creatividad y la locura puede abrirnos el estrecho horizonte. Como en muchas cuestiones, podemos comenzar con Freud. Y allí el análisis se dio en dos direcciones. Primero, el análisis de obras de arte para encontrar sus motivaciones inconcientes, como la Gradiva de W. Jensen o el Moisés de Miguel Ángel. Segundo, el análisis de los creadores y el proceso de creación, como en El poeta y los sueños diurnos o en Un recuerdo infantil de Leonardo Da Vinci. A la vez el psicoanálisis resultó estimulante para los propios creadores, tal como sucedió con el Surrealismo de los años ‘20. Y además varios creadores se beneficiaron con procesos psicoterapéuticos. Los que vinieron después de Freud profundizaron estos dos caminos mencionados anteriormente. En el caso de análisis de obras de arte se llegaba a que eso explicaba muchas veces más los conceptos psicoanalíticos que la propia obra de arte. Es que la obra de arte siempre desborda una única interpretación, tal como lo demostró años después Umberto Eco en Obra Abierta. Sin embargo, las creaciones artísticas siguen siendo un buen camino. Permiten abrir diferentes perspectivas de análisis. Y recordemos que el arte llega mucho antes que nosotros a cuestiones vitales, tal como lo decía Freud. El segundo resultó más fructífero. Es que la patología de los creadores y el mecanismo de la creación permiten ir hacia los mecanismos de la creatividad y sus difusas fronteras hacia la patología. Hipotéticamente el creador es quien logra transformar lo siniestro interior (la vivencia de muerte) a lo maravilloso en su obra (la vivencia estética). Por supuesto, la locura residiría en quedarse simplemente atrapado en la desintegración de siniestro. Aunque la diferenciación nunca es tajante. Es que las aguas de la creación artística nunca son calmas. El problema es si alguien crea por su patología o a pesar de su patología. “Artaud no es poeta por su demencia. El es poeta pese a su demencia”. Luego de este viaje regresemos a la bipolaridad. La pretensión de exclusividad sobre la creación parece estrecha, a pesar de las estadísticas que relacionan artistas y bipolaridad. Porque sólo nos confirman algo que surge con esta historia. La descripción sintomática de cambios de humor de los creadores es simplemente evidente. Uno puede preguntarse lo contrario: ¿existe siquiera la posibilidad de que alguien cree estando eutímico durante ese proceso? ¿Qué creador no pasa por momentos de caos y fragmentación subjetiva que pueden llevar a una hipomanía o a una depresión temporaria? El arte y la creación y sus relaciones con diferentes patologías. Una complejidad que nos lleva hasta la noción misma de subjetividad con la que operamos.

martes, junio 02, 2009

La mujer araña

(Por Julia Luzán)

Carl Hendrix sufre parálisis cerebral. Se mueve en silla de ruedas por la gran sala del Creative Growth Art Center, de Oakland (California, Estados Unidos). Construye mesas y sillas utilizando como referencia métrica su propio brazo largo y delgado. Donald Mitchell, un hombre corpulento, dibuja hombrecitos negros y compone música. Dan Miller, un joven autista, traza líneas que se repiten una y otra vez, como el fruto de una obsesión. Sentada frente a una larga mesa, una mujer diminuta con un original sombrero trenza y anuda telas en una singular escultura a la que envuelve de vez en cuando con sus brazos. Es Judith Scott, una de las artistas de este centro de arte californiano, fabricando sus enmarañadas piezas de hilo o lana. Ella, como Dan, Donald o Carl, encontró en esta institución para adultos con discapacidades físicas o mentales un camino para su expresión artística. Vestida con colores chillones, tocada siempre con extravagantes sombreros y con largos collares de cuentas, Judith Scott pudo haber sido uno de los personajes solitarios y silenciosos creados por el escritor Samuel Beckett. O quizá la protagonista de las obras del autor de Despertares, el neurólogo Oliver Sacks. Sordomuda y con síndrome de Down, Scott llegó a ser una figura destacada del movimiento outsider y sus obras forman parte de las colecciones más importantes de los museos dedicados al art brut. Ahora, su singular historia como artista ha sido llevada al cine por Lola Barrera e Iñaki Peñafiel. El documental "Qué tienes debajo del sombrero", producido por Julio Medem, que pudo verse en la última edición del Festival de Cine de Valladolid y en el de Sevilla, muestra la vida de Judith y de su hermana gemela, Joyce, y el largo camino que ambas hubieron de recorrer hasta encontrarse. La sombra de Judith persiguió a Joyce toda su vida. El nacimiento de ambas mostró enseguida las diferencias. Un cromosoma de más las separaba. A los seis años, Judith dejó la casa familiar –“Una mañana me desperté y ella no estaba. Sólo recuerdo un espacio frío en mi cama”, explica Joyce– e ingresó en una residencia para discapacitados. “Dejamos de hablar de ella y así dejó de existir”, recuerda su hermana. Pero el conflicto estaba ahí, en las sensaciones nunca explicadas de las gemelas. En 1986, Joyce consiguió la custodia de Judith tras observar en los informes médicos de las instituciones donde había estado su hermana un lapso de tiempo sin justificar y sospechar que podrían haber estado experimentando ciertas drogas con ella. Judith sufría de disquinesia, un movimiento continuo de la mandíbula, efecto secundario muchas veces de algunas medicaciones utilizadas en psiquiatría. En aquellos centros donde permaneció 36 años jamás se dieron cuenta de que era sordomuda. No le hicieron un diagnóstico adecuado, no estuvo bien tratada, ni siquiera hubo intentos de educarla, de adaptarla al mundo adulto. En sus 62 años de vida, Judith sólo estuvo “en libertad” alrededor de veinte. Nunca le enseñaron a leer ni a escribir, ni tampoco el lenguaje de signos. Vivió sumida en el silencio. La historia de Judith la descubrió Lola Barrera en un artículo en la revista de la Asociación Española del Síndrome de Down. “Lo leí y me quedé alucinada. Se lo conté a Iñaki Peñafiel, que en ese momento se planteaba hacer una película, y nos lanzamos”. Las casualidades que siguieron empujaron el proyecto como una locomotora. La productora ejecutiva de la película, Gemma Cubero, tenía amigos en San Francisco que conocían a la hermana de Judith, Joyce. A partir de ahí, todo fue cobrando forma. Contar la vida de Judith ha supuesto un antes y un después para los directores del filme, que se han volcado en él con absoluta ternura. Cuenta Peñafiel que descubrió en la escultora norteamericana a una persona muy inteligente con la que enseguida pudo establecer una comunicación fluida. “En cuanto empezamos a rodar, desde el primer momento me puso las condiciones en las que podía trabajar. Era ella quien con un gesto me señalaba cómo debía colocar la cámara y a qué distancia. Si me acercaba mucho, me daba un manotazo. Me pegaba tortas porque estaba de mí hasta las narices, para luego abrazarme y comerme a besos”. “Rodar esta película”, afirma, “me ha cambiado la percepción de muchas cosas; por ejemplo, la forma de acercarme a la gente, o la manera de mirar. Es fascinante lo que hacía esta mujer. Era como un personaje de comedia. Me recordaba a Buster Keaton. Era divertidísima”. Acabada la II Guerra Mundial, un psiquiatra de la Escuela de Viena, Leo Navratil, ayudaba a sus pacientes animándoles a exteriorizar sus traumas mediante dibujos. Entre las montañas de garabatos, Navratil descubrió unos cuantos que le gustaron. Se los envió al pintor francés Jean Dubuffet, quien al verlos acuñó el término art brut para designar las obras artísticas libres de toda influencia. “Los mecanismos psicológicos de los que surge la creación artística tienen tal naturaleza que, o bien deberían incluirse en el terreno de la patología, y considerar a todos los artistas como psicópatas, o bien habría que extender los límites de la normalidad para que abarquen la locura”. Éste es el arte sin razón, algo intuitivo, el ideal de cualquier artista que persigue dejar de lado lo racional y trabajar desde lo más profundo. Un arte creado al margen de la cultura oficial que Roger Cardinal, un crítico de arte inglés, amplió en 1972 al campo de los artistas autodidactas, los outsiders, que no persiguen ser artistas famosos, ni ganar dinero, ni complacer a nadie. Judith Scott es el mejor ejemplo de esa corriente. Su mundo interior afloró dos años después de llegar al Centro de Arte de Oakland. Al principio, Judith se sentaba en la silla y emborronaba papeles sin más. Un día, Silvia Seventy, una de las artistas que enseñan allí, le ofreció una madeja de hilo y unos palos de madera. Y todo cambió. Se iniciaba un proceso de creación sorprendente. Con telas y lanas, unos materiales utilizados desde siempre por las mujeres, Judith inició su inesperado despegue hacia el estrellato. Sus obras crecían poco a poco en tamaño y forma hasta que llamaron la atención de la dirección del centro y de John MacGregor, un psicólogo e historiador del arte que escribió en 1999 "Metamorphosis: the fiber art of Judith Scott". Fue a partir de ahí cuando llegó el éxito comercial de Judith.
Sus bolas de lana adoptaban cada vez figuras más caprichosas. Pies, pájaros, siluetas… El mundo silencioso de la artista irrumpía con fuerza en la realidad y sus esculturas comenzaron a cotizarse al alza. Hoy alcanzan precios de 15.000 a 20.000 dólares, y los museos de art brut de Lausana, Baltimore, Tokio, Dublín, además de galerías y coleccionistas privados, han adquirido muchas de sus obras. Como un ave de rapiña, Judith Scott afanaba cualquier objeto que se cruzara en su camino. Bobinas de cartón, zapatos, sillas… y, lo mismo que una gran araña, tejía con ellos sus nidos, atrapando cuanto advertían sus ojos. Con los años creció como artista. Sus manos le proporcionaban seguridad, y ese aplomo se fue reflejando también en su forma de vestir. Su pequeña figura de metro y medio se llenaba de collares coloristas, como caramelos de fresa y limón. Cuidaba mucho su aspecto. Alrededor de la cabeza se anudaba largas bufandas, y encima, como colofón, siempre un sombrero. “Cuanto más aumentaban sus obras, cuanto más reconocimiento recibía, más adornos se colocaba. Era una expresión de su autoestima”, reconoce Joyce Scott. Pero lo más sorprendente es el interior de las esculturas de Judith Scott. Aparecieron en el interior tesoros de desechos, como si de la cueva de Diógenes se tratara. Una evidencia de la cleptomanía de la artista. Allí aparecieron no sólo los carretes de las lanas que utilizaba habitualmente, sino un enorme ventilador roto, una bicicleta, sillas, bolsas de patatas fritas, las luces del árbol de Navidad, mantas, zapatos de tacón… incluso un gran carro de supermercado que un día un mendigo abandonó a la puerta de la institución californiana. La araña que atrapa, envuelve sus capturas y teje, una figura a la que remiten las obras de la escultora norteamericana, fue otra de las sorpresas que experimentaron Lola Barrera e Iñaki Peñafiel al conocer a la familia Scott. “Todo eso estaba en el guión que preparamos para nuestra película y de repente, cuando conocemos a Joyce, la hermana gemela de Judith, nos enteramos de que su marido es un reputado documentalista de arañas”. El azar del arte. Lola Barrera, madrileña, de 46 años, ejerció como médico de familia en el País Vasco durante diez años, hasta que pidió una excedencia para dedicarse a la pintura. La conexión con la historia de Judith tiene también mucho que ver con su mundo personal. Lola Barrera es madre de una niña con síndrome de Down, y la experiencia que vivió en Oakland con Judith y Joyce Scott le ha calado muy hondo. “Ver a los artistas de este centro, gente que en teoría consideramos desgraciados por su limitación y su discapacidad, es impresionante. Cualquiera de nosotros firmaría por pasar un solo día como ellos allí”. El Creative Growth Art Center es una institución artística, no es un centro de terapia. Se fundó en 1974 y desde entonces los discapacitados que allí acuden han producido cerca de 450.000 piezas. “La energía que hay allí es algo increíble. El éxito de este tipo de institución es que funciona de forma independiente; es un centro subvencionado a través de fundaciones privadas y se financia también con la obra de los artistas”, comenta Barrera. Judith Scott (Ohio, 1943-California, 2005) creó en silencio ese inmenso mundo vivo y sorprendente.

sábado, mayo 30, 2009

Luis Caballero

Luis Caballero hizo del arte una voluntad expresa de conmover. Heredero de una cultura literaria clá­sica y educado en los cánones de la cultura visual renacentista, Caballero se reconocía hijo de un país latino, religioso, violento y fanático. Esas imágenes opresivas de la religión fueron su atmósfera vital y con ellas aprendió el odio y el amor. De ahí nace la ambivalencia de un artista hecho formalmente dentro del clasicismo pero tocado por la religión de las imágenes y las imágenes de la religión. "Este es el súmmum de la expresión del artista: pintar lo que vive y vivir lo que pinta". Este testimonio individual desgarrado entre el arte y por el arte y el arte por la vida, etapas formativo-religiosas y de violencia voluptuosa. "Los artistas se han vuelto gramáticos, pero en el arte, creo yo, importa no la gramática sino la poesía". El dibujo es parte central de su obra. Expresa con lápiz y papel, de modo elocuente–suficiente - su cercanía al modelo natural. "El dibujo no es la forma sino la manera de ver la forma", decía Degas, y por eso Caballero traza la línea que trasmite el sentimiento puro y no la información de ese sentimiento. Poeta visual y de la línea; Caballero quiso plasmar "una imagen que se imponga de golpe y que no necesite lectura". Murió desgarrado como sus cuerpos, porque pintó con carne y con sangre, y toda intensidad tiene su precio.

jueves, mayo 28, 2009

Gorilas y espuma de mar para la Venecia de Barceló

(Por Ángeles García)

Miquel Barceló necesita luz para sus gorilas, sus paisajes africanos y su mar. El artista mallorquín (Felanitx, 1957) va a inundar de brillos el Pabellón de España en la 53ª Bienal de Venecia. El lugar olerá a Mediterráneo. Un espacio donde cobren sentido sus temas esenciales. Los mismos que han atravesado su trabajo de la última década. El creador está convencido de que la obra, sin ser nueva, sorprenderá Veintidós pinturas de gran formato, una decena de cerámicas, una revisión de la ya famosa performance Paso Doble y un guiño propio de artista; un homenaje al francés François Augiéras (1925- 1971). Se llevará Venecia obra suya para divulgar su obra entre el gran público. Todo ello se podrá ver desde el 7 de junio y hasta el 22 de noviembre en un espacio que ha sido radicalmente reformado por el propio Barceló y por el comisario del pabellón, Enrique Juncosa. "Era un sitio sombrío donde se perdía mucho espacio. Parecía hecho sólo para vídeo o fotografía. Pero lo que yo llevo es pintura y necesito mucha luz". Aunque más de la mitad de los cuadros no se han visto nunca, tampoco son obras realizadas ex profeso para la Bienal de Venecia. Barceló explica que ha preferido escoger obra de la última década, algunos muy recientes, en lugar de crear algo exclusivo. "Lo que hemos hecho es mucho más sólido. Creo que la otra opción es más adecuada para una galería". Si la decisión resulta polémica, Barceló asegura que todo será poco después de lo vivido por el escándalo de la bóveda de Ginebra. "Parece que últimamente protagonizo todas las polémicas, aunque no las busque. Con el trabajo para la catedral de Palma de Mallorca, con la imagen de Cristo en pelotas, parecía más previsible que alguien saliera opinando en contra". En el caso de Ginebra, está convencido de que los palos iban dirigidos a otros aunque cayeran en su espalda. Si ya hay algunas voces que le critican por no estrenar obra en Venecia, él, dice, tendrá que resignarse a vivir con la polémica. Está, con todo, convencido de que las pinturas y cerámicas van a sorprender y de que la performance va a ser descubierta por los que no han asistido a las representaciones de Mallorca, Madrid o Barcelona. "Durante toda la bienal se proyectará dentro del Pabellón. Pero los primeros días la representaremos dentro de un pequeño y bellísimo teatro situado junto al cementerio de Venecia, en medio de la laguna". Tan o más innovador resultará, con todo, que acuda junto a un artista invitado. "Nunca se ha hecho dentro de la Bienal. Es como un cameo en el mundo del cine. Primero pensé en traer artistas africanos. Pero podía tener un tufillo paternalista y lo mejor que se puede hacer por ellos es conseguirles un visado de entrada a la Europa de la opulencia". Por eso eligió a François Augiéras. Un creador que, como el propio Barceló, realizó la mayor parte de su obra inspirado en África. Quiere que sus escritos se difundan lo más posible. "Mi trabajo está muy ligado a la escritura. Por eso hemos creado un pabellón dentro del pabellón que está lleno de libros. Su obra se ha conocido en pequeñas ediciones, aunque escritores como Margarite Yourcenar o André Gide eran amantes de sus libros". Son obras en las que el autor mezcla temas místicos con sus experiencias africanas en países como Malí, Argelia o Mauritania. Sexo y violencia sobrevuelan su breve aunque intensa obra. De lo que no habrá rastro en el Pabellón de España será de fotografías o vídeos. "No me interesan las reproducciones. Los propios catálogos de exposiciones son cada vez más engañosos y peores respecto a la obra expuesta. No difunden emociones. El abuso del mundo digital es un peligro para el arte y para los periódicos. Ya no se pueden usar ni para hacer collages. Cada vez se descuida la lectura y eso es peligroso". En cuanto arranque la Bienal de Venecia rematará la exposición retrospectiva que le dedica la Fundación Juan March de Palma de Mallorca. Está centrada en obras de los setenta y de los ochenta, sus primeros trabajos. "Parecen piezas de infancia y de adolescencia. Muchas se me habían olvidado, pero me gusta reencontrarme con ellas". Y como postre para unos meses frenéticos, un viaje al Himalaya. Hacía mucho tiempo que acariciaba la idea. "Voy a descansar de todo este año. De vez en cuando es necesario parar y despejar la cabeza. Lo único que quiero es caminar, dibujar y ponerme en forma". Asegura que las polémicas y las críticas no le han agotado, pero que el trabajo ha sido mucho. "Hay que desintoxicar el cuerpo y ocuparse del espíritu".